Ayer jueves 8 de octubre el Ateneo Republicano de Valladolid celebró un acto en memoria del añorado Claudio López. La modesta sede de esa asociación se quedó pequeña para recibir a quienes quisieron participar en ese homenaje, entre ellos muchos compañeros socialistas de Claudio.
Sus amigos Luis Palomo y Paco Moriche, extremeño como él, se encargaron de glosar la figura de Claudio. Luis hizo un emotivo repaso a los cuarenta años que el maestro paso en Valladolid, en los que desarrolló una labor incansable, que llegó hasta sus últimos días. En el ámbito político fue un referente entre los socialistas vallisoletanos y especialmente para quienes conforman Izquierda Socialista. Llegó a desempeñar, creo que en la primera legislatura democrática, el cargo de Concejal de Participación Ciudadana en el equipo municipal que encabezaba Tomás Rodríguez Bolaños, un puesto en el que realizó una magnifica labor. En el mundo sindical contribuyó decididamente al impulso de la FETE en nuestra provincia. Pero, seguramente, su labor en el campo educativo, como buen maestro que era, le ocupó gran parte de su tiempo y de sus energías, dedicados uno y otras a defender con ahínco la escuela pública. Fue también impulsor de la Liga de la Educación y
A su vez, Paco Moriche, también maestro, incidió en la bonhomía de Claudio y recordó algunas situaciones que compartió con éste en su casa de Villanueva de
El momento sin duda más emotivo de la noche llegó con las intervenciones de dos de las hijas de Claudio, quienes lograron que las lágrimas brotaran de los ojos de muchos de los asistentes. Recordaron además las ganas con las que esperaba a los jueves para acudir a los actos que tradicionalmente se celebran ese día en el Ateneo Republicano.
Yo conocía a Claudio desde hace muchos años, a lo largo de los cuales hemos coincidido en bastantes foros, especialmente en el ámbito del Partido Socialista y del Ateneo Republicano. Sin embargo muy pocas veces cruzamos palabra, de lo que me considero responsable por que siempre he visto a Claudio desde la distancia que impone la admiración y el respeto que produce estar ante un hombre sabio e íntegro. Ahora, cuando ya no hay remedio, me reprocho no haber aprovechado las veces que compartimos salones en diversos actos para haberme acercado a Claudio y disfrutar de su conversación y de su cordialidad.
Me viene a la cabeza su imagen, muchos de los jueves de la primavera pasada, cuando ya la enfermedad le había minado muchas de sus fuerzas, en la sede del Ateneo, con su inseparable trenca azul y sentado junto a uno de los calefactores del local. Te vamos a echar de menos. Hasta siempre maestro.


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